ROMA o la vida en blanco y negro según Cuarón [2018]

19 feb. 2019

Febrero 19, 2019.

Advertencia: reseña con spoilers.

Cuando por primera vez vi Roma, de Alfonso Cuarón, aquel sábado 14 de diciembre del 2018, tenía cero expectativas sobre la película. Pensé que tal vez sería una pieza de cine de arte muy rebuscada e interesante  para algunos, pero no para mí. Los premios y reconocimientos que ya había obtenido no me impactaban en lo más mínimo y bajo ese enfoque decidí verla en familia.


Me equivoqué totalmente. De hecho, fue una experiencia ligeramente cimbreante por varios motivos. Conforme transcurrieron los minutos, llegué a un par de conclusiones:

1) Cuarón es obsesivo con los detalles, incluso aquellos que resultan escatológicos e involuntariamente cómicos (sí, hablo de El Borras).

2) Los hombres somos miserables en muchos sentidos. 

Sin embargo, afirmar esto último es simplificar totalmente el significado y valor de la película. Por ello, tal vez el primer error de las grandes masas que descalifican a diario el filme en redes sociales, es ni siquiera comprender la razón que originó la historia: no se trata de una película hecha para impactar con efectos especiales o con la actuación extática de una actriz protagónica al más puro estilo Gloria Swanson en Sounset Boulevard o Dolores Del Río en Bugambilia.

Estas dos leyendas del cine realizaron un extraordinario trabajo, porque así lo requerían sus papeles: mujeres viviendo un interminable drama que requería una gran dosis de lágrimas, frenesí y –en el caso de Swanson- total locura.

Pero no era eso lo que el director necesitaba de Yalitza Aparicio, la maestra de preescolar ahora convertida en actriz, celebridad internacional y nominada al premio Óscar. Su trabajo era sustancialmente diferente. Entonces, ¿qué es lo que requería para realizar el papel cinematográfico más comentado de los últimos años?




“Para Libo”

La dedicatoria al final de la película lo dice claramente. Roma no es un producto hecho para atrapar con secuencias pletóricas de acción y drama cada 30 segundos. Tampoco es, en sí misma, una película de denuncia. Es un homenaje a una de las personas más importantes en la vida de Alfonso Cuarón. Si Fred Zinnemann dirigió un poema de dos horas al amor por la patria y al valor a la amistad en De Aquí a la Eternidad, entonces el talentoso director mexicano produjo una evocación en blanco y negro dirigida a Libo, la sirvienta y nana que representa una de sus dos importantes figuras maternas.

Yalitza Aparicio
Yalitza Aparicio interpreta a "Cleo", la importante figura materna en la vida del director.


Es eso lo que Roma representa. Un relato costumbrista sobre el México de los 70s y sus múltiples rostros, lugares y personajes. Las licencias poéticas fueron necesarias para narrar un periodo en la infancia de Cuarón al lado de Cleo, el nombre atribuido a su nana en la película. Por lo tanto, el filme es un relato de un segmento de vida, sin mayor pretensión política o social. Irónicamente, ha abierto el diálogo en este aspecto de manera sorprendente.

La película atrapa visualmente gracias a la impecable fotografía y a los planos secuencia que destilan nostalgia y muestran la Avenida Insurgentes y el Cine de las Américas en todo su esplendor, entre otros escenarios. Por unos segundos, la ciudad de México en esa década se magnífica ante los ojos del espectador y luce desprovista de contaminación, devaluación y con un ligero toque de esperanza.

Planos secuencias de Roma, de Cuarón
Los planos secuencia en "Roma" son protagonistas por sí mismos en algunas impactantes tomas.


El desamor en los tiempos de Cleo y Sofía

Roma detalla de manera paralela las vidas amorosas de Cleodegaria y Sofía (una imponente Marina de Tavira). Esta última resume en un solo abrazo al indiferente esposo (Fernando Grediaga), la manera en la que tantas mujeres en México se han aferrado por décadas a la figura patriarcal aunque esto en ocasiones implique traición sin reparo.  

La banda de guerra que atraviesa su calle por ese momento subraya el dolor de Sofía y sus ganas que por un momento todo fuera distinto al ver partir a su esposo en busca de nuevas y muy apetitosas aventuras. ¿Acaso alguien en el público recuerda esa misma expresión en el rostro de sus madres, hermanas, tías o abuelas, en algún momento de sus vidas?

Marina de Tavira
Marina de Tavira impresiona como "Sofía", la figura femenina atrapada en un matrimonio poco satisfactorio.


Yalitza Aparicio, por su parte, realiza un extraordinario trabajo en una escena que el director ha titulado en sus redes como “El Abismo de la Certeza”. Ante la huída de Fermín (Jorge Antonio Guerrero), la otra figura vil y viril de la historia, sin necesidad de palabras, transmite el dolor de la pérdida. Aquellas pérdidas que, por un instante, parecen eternas. O así es como lo procesa nuestra mente, que también suele traicionar al corazón.

Más tarde, Sofía remata el argumento con una línea emblemática: “no importa lo que te digan, siempre estamos solas”. Muy probablemente con el tiempo, estas imágenes sean consideradas algunas de las más importantes de la cinematografía mexicana y mundial de todos los tiempos.

Esta reseña no pretende de manera alguna ser un discurso progresista, pero la realidad es contundente. Así que, señores que alguna vez decidieron unir su vida al de una mujer que confío en ustedes en todos los sentidos: es momento de reescribir la historia y valorar de verdad al objeto de su afecto.

Roma
El blanco y negro en "Roma" impacta visualmente y atrapa los sentidos en cada secuencia.





La edad de la inocencia 

Dentro de todo el drama vivido por las dos mujeres de diferentes estratos sociales, Cuarón deja suficiente espacio para que el espectador se regodee de sobra con los elementos más puros de su película. Así, el contraste de los niños pobres y ricos (gastemos estos términos una vez más) divirtiéndose, uno con un costoso traje de astronauta y  el otro, en Ciudad Neza deambulando con una cubeta en la cabeza, unen ambas infancias en una sola intención. Para el inocente de corazón, cualquier motivo es un pretexto para ser feliz. 

Cuarón sabe como transmitir belleza de manera bastante diestra. Un solo detalle, una sola secuencia en blanco y negro capaz de producir hilaridad y ternura a la vez, puede originar un interesante discurso: la pobreza no ha vencido a la inocencia. Al mismo tiempo, la riqueza no es enemiga de la ingenuidad. 

Roma de Alfonso Cuarón
La película de Alfonos Cuarón es también un poema a la inocencia que vive en el corazón de muchos mexicanos.


De alguna manera, y ya que la película es también un relato sobre la condición humana sin etiquetas, hay un gran contraste entre tales flashbacks de un México que alguna vez existió y el mostrado por otra obra que recordé brevemente en esos minutos donde se exhibe la pobreza de la ciudad en la búsqueda de Cleo por Fermín: Los Olvidados, de Luis Buñuel.

Buñuel realizó una obra que ha trascendido el tiempo, pero cuya crudeza deja poca alternativa para la esperanza, solo desplegada brevemente en la parte final. Roma, en contraste, parece arrojar indulgencia al rostro del público a diestra y siniestra a cargo de los personajes infantiles, increíblemente interpretados por un joven elenco (Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Marco Graf y Daniela Demesa), y del propio Borras.

Yalitza Aparicio, más allá de los premios


Las pseudo-críticas a la actuación “inexperta” de la joven Aparicio durante la primera parte de la película, convenientemente omiten el clímax de su actuación en los segmentos más dramáticos del filme. El primero al dar a luz a su fallecida bebé y el segundo al confesar aquello que la torturaba en plena playa de Veracruz, con la familia que tanto ama protegiéndola de un dolor que amenaza con consumirla. 

Los lamentables discursos clasistas de los comentaristas amateur empequeñecen ante tal ejecución. Tal como sucedió con Lamberto Maggiorani en Ladri di Biciclette, el humilde obrero convertido en actor gracias a la magia de Vittorio De Sica, Aparicio encuentra su propio lugar en la historia del séptimo arte con un papel que marcará por siempre su vida, decida o no continuar en esa carrera.  El traumático alumbramiento de Cleo tiene la suficiente dosis de crudeza para entristecer y el suficiente poder interpretativo para ser nominado a cuanto premio de actuación existe.

Yalitza Aparicio en Roma "El Abismo de la Certeza"
"El abismo de la certeza".




De la calma y lentitud a un momento gráfico y desgarrador en la sala de parto, Cleo conmueve en silencio y con intenso drama de la misma manera. En algún momento, de hecho existe cierto paralelismo con aquella inolvidable Florencia, interpretada por la magistral Norma Leandro en la película Gaby, a True Story, dirigida por Luis Mandoki (1987). 

La reconocida actriz argentina tampoco tuvo cientos de diálogos en ese gran filme y tampoco atrapó con una actuación por demás exagerada. Solo conquistó al público llegando a su corazón con una ejecución tranquila, pero cálida y poderosa.

Por ello, las academias de premios alrededor del planeta se han volcado en halagos traducidos en nominaciones. Pero Aparicio brilla más allá de estos galardones, sin duda alguna.

“Roma”, en pleno siglo XXI


El destello nostálgico que Alfonso Cuarón ha entregado al público sobre una década que ya se fue, no es de manera alguna un discurso político como tal, a pesar de las referencias al corrupto partido tricolor y a los acontecimientos de la matanza de Corpus Christi en 1971. La importancia de su obra supera incluso el diálogo que ha provocado respecto al clasismo y a la forma como han sido tratadas las empleadas domésticas durante décadas en México.

Por supuesto, todos y cada uno de esos temas son por demás importantes. No obstante, Roma es básicamente un vistazo al pasado y una historia de amor. Ya que el amor auténtico carece de etiquetas, las futuras generaciones disfrutarán y verán con nuevos ojos la historia de una mujer que, debido a tradiciones, creencias, patrones sociales y circunstancias comparte su existencia con la familia que decide adoptarla emocionalmente por siempre. 

El argumento parece sencillo, pero la forma, llena de detalles y de impecable cinematografía, produjo un resultado único. En este contexto, incluso las tomas cerrada sobre objetos y escenarios parecen más un breve ejercicio de meditación que es hecho pedazos por completo en el clímax del filme.




Roma fue una experiencia emocionalmente gratificante para mí y también catártica, pero no podía explicar el por qué. Fue en un momento, al aproximarse el final de la película que recordé algo aparentemente olvidado, sin relación alguna con la trama, pero que sin embargo pude sanar al ver la película.

Hace muchos años, en 1995, padecía una severa depresión debido a múltiples circunstancias. En un día cualquiera de ese año, entre marzo y abril, al dirigirme a un trabajo que realmente detestaba en una oficina contable, esperaba que un amigo pasara por mí en una esquina, a unas cuadras de mi casa. La sensación de vacío y amargura era constante. Incluso quería tomar medicamentos, pero ningún doctor quería recetármelos.  

El Borras Roma
El inolvidable "Borras", un hermoso elemento en la película de Alfonso Cuarón.


De repente vi pasar en la acera de enfrente a tres niñas, de entre 7 y 10 años, cantando, bromeando y platicando ruidosamente, como lo hacen los niños a esa edad. Atrás de ellas iba su perro, uno pequeño, moviendo la cola, feliz de estar con ellas. Entraron a la tienda y unos 5 minutos después salieron, repitiendo la imagen pero ahora de regreso a casa. Esa imagen de la cola del pequeño perro moviéndose sin césar me resultó cómica, tierna y curiosa en exceso.

Fue una escena impactante visualmente. Recuerdo verla y apreciar su belleza, pero por mi estado emocional, me dolió más de la cuenta, ya que pensé: “ojalá pudiera yo experimentar tal alegría, regocijo, sin ninguna otra preocupación. Ojalá pudiera yo estar en casa para siempre, feliz y tranquilo” (en ambos planos, física y espiritualmente).

Ahora comprendo que tal vez esa imagen de alguna forma apareció ante mis ojos para recordarme que todo iba a estar bien y que la verdadera dicha radica en el más pequeño de los detalles. Pero no lo comprendí en ese instante. Al ver esta obra de Cuarón, los mil elementos inocentes, mágicos, en blanco y negro de un México que existió hace casi 50 años, los que a la vez estallan en colores en la mente, me hicieron recordar ese instante. Finalmente, pude sanar ese momento y tal vez de ahora en adelante solo recuerde lo perfecto de tan inocente cuadro, apreciado hace ya más de 2 décadas.

Todo ello gracias a un filme de magna belleza que me hizo añorar el mundo simple lleno de ilusiones y sueños infantiles que vive dentro de muchos mexicanos, dentro de muchos hermanos de América Latina y de todas partes del mundo. Llamemos a ello “el gran plano secuencia de nuestra propia existencia”. 

¿Momento de agradecer por ello a Cuarón? Algo que dice que tendré que hacerlo. Por ahora, vamos a apreciar el más puro realismo en blanco y negro una vez más. 




ROMA
México, 2018
Escrita, dirigida y producida por Alfonso Cuarón
Compañías productoras: Espectáculos Fílmicos el Coyú, Pimienta Films, Participant Media, Esperanto Filmoj
Distribuida por Espectáculos Fílmicos el Coyú, Netflix
Elenco: Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero, Marco Graf, Daniela Demesa, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Nancy García, Verónica García, José Manuel Guerrero Mendoza, Verónica García, Víctor Manuel Resendiz "Latin Lover"
Fotografía: Alfonso Cuarón

19 feb. 2019