Los Olvidados [1950]

18 sep. 2016

“Madre, no sea mala. Yo quisiera portarme bien, pero no sé cómo
 –Pedro, uno de los protagonistas de la película-

Algunos críticos de la obra de Luis Buñuel a través de los años han señalado que Los Olvidados [1950], una de las obras cumbre del director español, guarda algunas semejanzas con el neorrealismo italiano de la época. En efecto, la forma es parecida, pero el fondo carece de la esperanza y ternura que caracterizaron a excelsas obras como Ladrón De Bicicletas.

La misma voz del narrador lo indica al inicio: este filme no es una obra optimista. No deja lugar para discursos populistas, ni tampoco ofrece espacio para que el espectador trace colores pastel sobre las ideas de Buñuel y pretenda de esta forma cerrar los ojos a una realidad que, a más de 60 años de distancia, sigue siendo manifiesta y cruel. Lo más grotesco de todo es que aún exista como tal.



El personaje central (El Jaibo, interpretado por Roberto Cobo) es la representación exacta de la parte cruda y desposeída de la sociedad mexicana: el joven sin oportunidades que no conoce otro camino más que la violencia y la brutalidad para conseguir lo que quiere. El pandillero de barrio bajo en cuya conciencia no cabe la maldición autoimpuesta que pesa sobre parte del pueblo azteca, traducida en la ridícula frase “mejor pobre, pero honrado”. Al contrario: para sobrevivir y tener unas cuantas monedas en la bolsa, no importará a quién tenga que golpear o incluso asesinar. Después de todo, esto es lo que la vida le ha mostrado desde muy pequeño.


La película se adelantó a su época en muchos sentidos. Dos años antes había sido estrenada ya Nosotros Los Pobres de Ismael Rodríguez, un drama protagonizado por el galán preferido de la audiencia en ese momento: Pedro Infante. Sin embargo, esta película y su secuela, Ustedes Los Ricos, a pesar de su momentánea crudeza e intenso drama, poseen elementos suficientes que la convierten en materia digerible para una gran parte del público. El horror vivido por Pepe El Toro al perder a su hijo en un incendio, es compensado con el amor de la protagonista y las posteriores bendiciones recibidas. De esta forma, el autor lo recompensa por todo el sufrimiento vivido.

En Los Olvidados, sin embargo, Buñuel y Luis Alcoriza explotan al máximo los elementos realistas –eventualmente surrealistas- calcados de la vida real: la miseria en los barrios marginales de la Ciudad de México, el despertar de la sexualidad y la desvalorización de las mujeres a temprana edad en una sociedad que las ve como objetos de placer sin siquiera solicitarles consentimiento. El crimen visto de la forma más natural posible por chicos y grandes, y sobre todo, la indiferencia de los mayores para las nuevas generaciones.



En esta obra de Buñuel no hay lugar para canciones a la “Amorcito Corazón” ni arrumacos con tintes melodramáticos entre los protagonistas. Ismael Rodríguez utilizó esos recursos para distraer momentáneamente a la audiencia de su propia realidad en las películas mencionadas. 

El genio surrealista español, por otra parte, enfrenta al espectador con todo lo vil y aborrecible que sucede cuando no existen oportunidades a la vista. Un panorama que se torna mucho peor cuando sobra el desamor. Incluso en una breve secuencia el complejo de Edipo no resuelto de Pedro (Alfonso Mejía) sale a relucir con el consiguiente rechazo de su madre (la extraordinaria Stella Inda) ¡Imaginen ustedes una escena parecida en alguna película de Pedro Infante!



Las imágenes en esta película cuentan historias por sí solas, incluso cuando no existe diálogo alguno. Los pequeños detalles que forman el todo de la trama entristecen el alma y recuerdan que, a pesar de las maravillas que la ciencia y tecnología son capaces de lograr actualmente, esa evolución es insuficiente en algún punto del camino mientras aún continúen vagando por las calles algún Pedro, Meche (Alma Delia Fuentes) o Jaibo

Pero después de todo, ¿qué tan importantes son las caras sucias y despeinadas de los hermanos menores de Pedro, o los pequeños perros trabajando forzadamente en la calle (en una época donde el término “maltrato animal” ni siquiera era relevante) para una sociedad preocupada por todo lo artificial y banal, estúpidamente perdida en la obsesión colectiva por alcanzar la perfección física, el lujo sin esfuerzo, y los dispositivos de moda

Las nuevas generaciones que verán este filme, ¿serán conscientes al ver estas secuencias de la tremenda responsabilidad que tienen en sus manos?

No podemos hablar de "erradicar la desigualdad" o simplemente frenar abusos. Esto va mucho más allá: ¿qué tal hablar de la responsabilidad personal, por ejemplo? ¿Qué tal hablar del instinto que a cada quien le susurra al oído: "no puedo darme el lujo de traer un ser al mundo a sufrir". 


Por otra parte, esta responsabilidad no se refiere únicamente a grandes cambios sociales y políticos. Al contrario, simplifiquemos por un instante: hablamos de aquello que está alrededor de nosotros justo ahorita. Porque no podemos proferir demagogia en tanto no tengamos el mínimo de compasión para quien lo necesita justo en la esquina al salir de casa.

La amistad entre El Jaibo y Pedro es exacerbada de tal forma que va desde la obligada lealtad hasta el asesinato brutal. La visión surrealista del director le imprime a las secuencias finales una tremenda aspereza al producto final, por si aún no era suficiente con la -casi- hora y media de ignominia recetada previamente.



Los Olvidados es una gran película que ofrece y retrata a la vez sexo, violencia, amargura, sueños rotos, desafecto y desesperanza. Romper tabúes le ocasionó a Luis Buñuel violentas reacciones durante el estreno inicial de su obra en 1950. A casi siete décadas de distancia, se puede afirmar con certeza que la controversia de una gran obra fílmica siempre valdrá la pena, siempre y cuando esté respaldada por todos los elementos que han hecho que este filme se convierta en una obra inmortal, reconocida incluso como patrimonio cultural de la humanidad.

Los Olvidados no habla solamente de una sociedad injusta, sino de cómo una serie de factores desfavorables se reúnen para marcar la vida de aquellos seres humanos que no pueden discernir lo que les ocurre. La falta de amor y la falta de educación, una cuestión emocional por un lado y un elemento social por otro, son capaces de destruir a un ser cuando se combinan de forma tan lacerante.


Las escenas finales en las que los dos protagonistas son ultimados de distintas formas, reflejan con total precisión cómo la sociedad devora a los niños y jóvenes cuyo primer pecado fue venir a este mundo en condiciones penosas. Don Carmelo (Miguel Inclán) lo resume en una frase que es en sí misma una maldición implícita: “ojalá los mataran a todos antes de nacer”. 

No obstante, la trama deja lugar para muchas preguntas: ¿qué pasaría si todos los "Jaibos" del mundo deciden cambiar la cinta y optan por finalmente crear grandes cosas y dejar vivir en paz a sus semejantes? ¿Acaso la victimización de un grupo social marginado (en la pantalla grande) también ha sido culpable que el público no entienda el poder que una decisión personal posee por sí sola?


En un contraste melodramáticamente ridículo y brillante al mismo tiempo, el director de la escuela (Francisco Jambrina), ofrece uno de los pocos momentos sin tragedia incluida en esta obra sin edad: al otorgarle un voto de confianza a Pedro, afirma que éste necesita cariño y que crean en él.

Increíble pero cierto: aunque sea por unos cuantos segundos, Luis Buñuel también era capaz de ofrecer una alternativa a su público, quizás de forma muy sutil e incluso irónica. Sobrecogedoramente, ese camino de luz descrito con brevedad parece perderse en medio de tanta oscuridad.

Septiembre 18, 2016

Los Olvidados [1950]
México,
Director: Luis Buñuel
Escrita por: Luis Buñel, Luis Alcoriza, Max Aub, Juan Larrea, Pedro De Urdimalas, 
Productora: Ultramar Films
Distribuida por: Entertainment One Films
Protagonizada por: Stella Inda, Roberto Cobo, Alfonso Mejía, Miguel Inclán, Alma Delia Fuentes, Francisco Jambrina, Jesús Navarro, Efraín Arauz.
Maquillaje: Armando Meyer.
Fotografía: Gabriel Figueroa.
Música: Rodolfo Halffter, Gustavo Pittaluga.
Ayudante de producción: Ignacio Villarreal.
Sonido: José B. Carlos, Jesús Gonzáles Gancy.
Montaje: Carlos Savage.
Escenografía: Edward Fitzgerald.
        




 




 

18 sep. 2016