The Exorcist [1973]

2 nov. 2014



















El 12 de febrero de 1993, James Bulger de casi tres años de edad fue secuestrado por dos adolescentes, Robert Thompson y Jon Venables, en un centro comercial de Inglaterra aprovechando un descuido de su madre. Lo llevaron cerca de las vías de un tren donde lo golpearon, torturaron y se presume, de acuerdo a la investigación policial, que incluso abusaron sexualmente de él. Durante horas estos criminales observaron a diversos niños y al azar, según lo que arrojan las cámaras de seguridad, eligieron a James. Meses después declararon que la película de Terror 'Child's Play' los inspiró a cometer estos atroces actos. Aún con semejante argumento, no hay explicación para ello... en verdad, no hay explicación. 

La mayoría del público no está familiarizado con el nombre de Roland Doe. Este es el pseudónimo dado a un niño quien supuestamente sufrió en carne propia la agresión física y espiritual conocida religiosamente como posesión diabólica durante la época de los 40s en Estados Unidos. Tan extremo fue su caso, que tuvo que ser sometido a una serie de exorcismos durante varios días.

Todo esto sin embargo, carece de pruebas suficientes para afirmar su veracidad. No obstante, dio origen a uno de los libros más célebres de las últimas décadas: The Exorcist (El Exorcista), de la autoría de William Peter Blatty. La adaptación cinematográfica dirigida por William Friedkin es considerada por fuentes diversas, entre ellas  TimeOut.com, como la más grande película de Terror de todos los tiempos. Un título bastante merecido, a pesar de que tanto el libro como el filme van de lo absurdo a lo sublime y de lo más grotesco a lo más noble. 



Esta heterogeneidad es lo que convierte a las grandes obras en archivos imperecederos, objetos de estudio y deleite para las generaciones venideras. Por fortuna, Friedkin rindió un tributo adecuado al libro aún con las limitaciones de la pantalla grande.

La historia de Regan (Linda Blair), una niña de 12 años cuya vida feliz y de ensueño al lado de su madre Chris MacNeil (Ellen Burstyn) se ve interrumpida por una dramática y horripilante transformación física y emocional, sigue siendo tan perturbadora ahora como hace 40 años cuando fue estrenada.

Regan tiene todo lo que una adolescente puede soñar, excepto la presencia de su padre. A pesar de ello el amor de su madre lo compensa todo. Su relación es inmejorable y ninguna de las dos sospecha siquiera el infierno terrenal que les espera.

Una tabla ouija con la que la jovencita suele jugar frecuentemente simboliza la puerta de entrada para lo desconocido. Poco a poco la otrora optimista y energética chiquilla se transforma en un ser rebelde y fuera de sí, para el espanto de su madre y quienes la rodean, como la asistente de Chris y tutora de Regan, Sharon (Kitty Winn). 

Luego de la muerte de su amigo y director, Burke Dennings (Jack MacGowran), la preocupación de Chris crece cada día. Después de recibir la visita del Detective Kinderman (Lee J. Cobb), quien investiga la muerte de Dennings, se desata el pavoroso incidente con el cual su corazón de madre se quiebra casi totalmente: ella escucha voces en la planta alta y corre desesperada para ayudar a su hija. Aunque ya antes había presenciado cosas realmente desquiciantes, entre ellas Regan pidiendo a gritos a sus doctores que la forniquen, nada de esto se compara con lo que ve en esta ocasión.

Chris presencia como su hija se destroza los órganos sexuales con un crucifijo de metal. Aunque incluso el director y escritor han llamado a esta escena “masturbación” en pantalla, este no es el término correcto: es una auto-violación cuyo objetivo es profanar por completo el cuerpo de la niña. Chris es agredida por ella y luego escucha la voz de Burke Dennings (imitada por la entidad malévola) confirmando que fue asesinado a manos de Regan, mientras la cabeza de ésta gira totalmente. La secuencia es con todos los méritos, una de las más grotescas en la historia de la cinematografía contemporánea.

Chris es atea y por lo tanto la mayoría de los asuntos religiosos no tienen mayor cabida en su cabeza. Aquí se enfatiza la primera gran moraleja (con un fuerte toque puritano) de The Exorcist: ante la situación extrema que vive con su hija, decide recurrir a la ayuda de Dios representado en el sacerdote y psiquiatra Damien Karras (Jason Miller). 

Karras es tan complejo como interesante, incomprensible y en un sentido bastante bizarro, entrañable. William Peter Blatty desnudó de toda mojigatería a este personaje y lo vistió con un total y absoluto sentido humano. Él es el hijo amoroso, posteriormente inundado de culpa por no tener el dinero suficiente para lograr que su madre pase sus últimos días en un asilo decente (más adelante la señora muere en total soledad). Es también el héroe y el anti-héroe, al no encajar en los moldes que el cine otorgaba a los ministros religiosos antes de El Exorcista.  

Damien Karras no es representado como hombre santo ni mucho menos. Su crisis espiritual tiene un gran peso en la historia y sus miedos, emociones y sueños frustrados estelarizan la película con vida propia. De la noche a la mañana su camino se cruza con el de la familia MacNeil y accede a ver a Regan pero sólo como psiquiatra. A pesar de ello, comprueba con ojos propios que la lucha contra la que se enfrentarán tanto él y la madre de la niña no es contra sangre y carne, como el libro religioso cristiano por excelencia –la Biblia- lo afirma, sino contra una poderosa y muy oscura fuerza sobrenatural.


Karras se ve obligado a platicar con el demonio dentro de Regan. Éste se vale de toda táctica para confundirlo, pero la ética y fuerza del sacerdote lo salvan de caer en sus argucias. Por extraño que suene, enfrentarse con el mal cara a cara lo hace olvidar momentáneamente su propia penuria.

Luego de no encontrar otro recurso que la ayuda de alguien mucho más experimentado, el Padre Lankester Merrin (Max von Sydow) es enviado para auxiliar al joven sacerdote. El viejo enemigo de Pazuzu (el demonio que habita en la niña) vuelve para luchar contra él en una batalla espectacular y épica.

La fascinante, hipnotizante y poderosa secuencia del exorcismo no tiene rival en su género. Friedkin y su equipo, sin utilizar los sofisticados efectos de los que ahora dispone la industria del cine, crearon un campo de acción donde los dos hombres enfrentan por última vez al destructor por excelencia. Como resultado, ambos pierden su vida (pero no sus almas) y Regan es liberada. 




The Exorcist, de acuerdo con su creador, es un filme acerca del misterio de la fe. En realidad representa mucho más que eso y las múltiples lecturas de las subtramas la convierten en una de las películas de culto más fascinantes que existen.

Suena extraño que tal película ofrezca una paralizante belleza, exaltada principalmente por la fotografía de Owen Roizman y la ambientación en general. Yuxtaponer el natural amor materno (Chris MacNeil y la madre de Demian) con el más cruel horror es un recordatorio del violento contraste del mundo en el que vivimos. Por otra parte, la parábola del sacrificio del cordero para brindar vida eterna al pecador oprimido, está representada -evidentemente- en la muerte de ambos sacerdotes. 

Luego de la caída de Demian por la ventana, con su cuerpo al final de las legendarias escaleras de la mansión, su mejor amigo, el Padre Joseph Dyer (Reverendo William O'Malley) acude para asistirlo en sus últimos momentos y lo confiesa con manos temblorosas. Del terror nacen las lágrimas y un despliegue de amistad pura e incondicional logra que el espectador deje de contener la respiración. Este mismo nexo de lealtad es apreciado en la relación entre Chris y Sharon, incluso en los momentos más difíciles.

La escena del exorcismo brilla por sí sola en la película. La icónica toma en la que Merrin y Karras suben las escaleras con el estruendo de los abominables alaridos y lamentos del pestilente ser que se encuentra tan cerca de ellos (el trabajo del mexicano Gonzalo Gavira y el equipo de sonido les hizo ganar un Oscar, de hecho) somete al espectador a una angustiante agonía fílmica.

Ambos hombres caminan con pasos lentos y pesados, como un par de condenados a la pena capital viviendo sus últimos instantes. Karras sufre en silencio, pero Merrin, totalmente absorto en el momento presente, pregunta con total gallardía y serenidad a Chris cuál es el otro nombre de Regan. Max Von Sydow está impecable, como también lo están Linda Blair, Ellen Burstyn, Lee J. Cobb, Jason Miller y en general todos los actores. 

Las lágrimas de Chris en ese momento simbolizan las del sufrimiento de cualquier madre sin importar su condición, o incluso aquellas que la Biblia relata que María derramó al ver a su Hijo ser sacrificado ante sus ojos. ¿Suena fuera de contexto esta referencia? No tanto, tomando en cuenta que esta fue una de las primeras películas en mezclar imágenes religiosas con sexo, cine gore y desorbitante violencia. 

Demian escucha por momentos la voz de su madre durante el exorcismo. Aquel sonido que una vez simbolizó esperanza, protección y amor ahora se ha convertido en un burdo engaño del Padre de Mentiras [Juan 8:44], el que utiliza los recursos más bajos para confundir y herir. Como un inocente presenciando la decadencia y pestilencia del mundo actual, Demian observa en estado de semi-hipnopsis cómo la cama se sacude y eleva ante su mirada atónita, sin dar crédito a los grotescos ruidos que emanan de la garganta de la niña poseída. 

Cada gesto de Regan es una amenaza latente para Demian. Cada mirada y cada palabra laceran todo lo que aprendió durante su preparación sacerdotal y lo hacen dudar constantemente de su propia fe, en un momento donde no hay tiempo para dudas ni reclamos, ya que su propia alma y la de su maestro están en juego a cada segundo.

Lejos de impactar con los recursos gráficos, muy explícitos pero ridículos de la mayoría de los filmes de Horror actuales, The Exorcist juega hábilmente con la mente del espectador y lo enfrenta con su propia miseria, miedos y desesperanza. La perturbadora posibilidad de que la vida se transforme de bella en insoportable en apenas unos instantes, es magnificada en secuencias que exhiben la peor de las depravaciones y la más pestilente bajeza. 

El  acobardamiento del Gran Destructor ante la presencia del Creador es la esperanza máxima para millones de creyentes. Pero en el más puro sentido espiritual, ambos, Creador y Destructor, viven dentro de cada ser humano y se alimentan de pensamientos, sueños, emociones y creencias.  


William Friedkin tal vez jamás imaginó el impacto que su trabajo tendría en críticos, público y colegas por igual. El fenómeno cultural que desató rompió esquemas y de repente las reglas del cine de Terror fueron cambiadas para siempre. Lo explícito de las escenas trastornó a la audiencia de aquel entonces. Cuarenta y un años después, The Exorcist permanece sin ser vista por un gran sector del público, quienes juran que luego de estas dos horas no podrían dormir por varias noches. 

¿Exageración total o simplemente la prueba del malévolo poder de esta cinta clásica? Mientras esta pregunta es respondida, cabe recordar que es esta una de las pocas películas de Terror que es mencionada siempre en la lista de las mejores, sin distinción de género. 


Por fortuna estará siempre con nosotros nuestro gran amigo, el Detective Kinderman. Este simpático caballero es capaz de ofrecernos su amistad, una sonrisa y una invitación al cine después del holocausto. En ese preciso instante, respiramos tranquilos y nos damos cuenta que todo está en perfectas condiciones.




















The Exorcist guarda también un cierto aire de ingenuidad. ¿Es esto posible? En realidad no es la intención de la película ni del autor. Pero la impecable narrativa trasladada al mundo real, carece de sentido al menos en el panorama general.

La idea de que una niña de doce años atada a una cama resulte ser una amenaza tan aterradora, nos recuerda que en este mundo retorcido no siempre se presta atención a lo verdaderamente importante. De aquí la pregunta: ¿cuál es el verdadero rostro del mal?

Los relatos de ex-satanistas que escaparon con vida de sus cultos arrojan información al respecto. El detalle de cómo niños pequeños son secuestrados, violados, torturados y finalmente sacrificados para ofrecérselos a un ser mitológico (el "diablo" por instancia), no sólo ofrece un vistazo a la inmensa estupidez humana, sino al enorme grado de responsabilidad que tenemos como hacedores de bien y mal en este planeta.








¿Cuál es el rostro de la maldad? ¿Acaso no lo vemos al leer sobre los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, donde en cada ciudad invadida se mataron de la forma más horrible posible a niños, mujeres y hombres por igual, en ocasiones sometiéndolos a largas torturas que ningún civil inocente debería sufrir? ¿Es preciso que alguien se presente con el rostro completamente deforme, como Regan, para que tengamos que considerarlo indeseable o abominable? ¿No hemos escuchado ya suficiente acerca de los crímenes de la iglesia Católica y sus delitos pendientes, que incluyen abusos innombrables de niños y niñas? 

¿Qué hay las acciones de gobiernos imperialistas, como el de Estados Unidos, quienes han provocado los peores enfrentamientos bélicos y financiado guerrillas en naciones del tercer mundo (Irak y El Salvador son los mejores ejemplos)? ¿Acaso no han leído acerca de la brutalidad que estas sociedades han vivido por causa de ello? Al escuchar en las noticias acerca de padres asesinando a golpes a sus propios hijos, ¿no nos preguntamos por un solo instante que tal vómito humano representa en efecto la perversidad más horrenda y condenable, sin atribuírsela a “Satanás” o a cualquier ser similar? 

¿Hasta cuándo dejaremos de culpar a seres sobrenaturales (que por definición nadie jamás ha visto) de nuestras propias acciones y decisiones?




















El texto de apertura referente a James Burgler fue puesto como ejemplo precisamente con esa intención. Este acontecimiento ocurrido en Inglaterra en 1993 muestra el auténtico rostro de la maldad sin sentido y he ahí el infierno en la tierra que el propio ser humano ha creado.

La verdadera iniquidad e inmoralidad no se encuentran en sórdidas habitaciones con adolescentes poseídas. Se localiza afuera, en cada acción destinada a destruir la civilización moderna y lo más preciado que toda nación tiene. Esa es la depravación y suciedad que debería ser erradicada de las mismas entrañas de la faz de la tierra, por siempre y para siempre.

De repente, la imagen de Linda Blair levitando con los ojos completamente en blanco, en uno de los instantes más impactantes de The Exorcist, no parece tan inquietante. Es tan sólo un impresionante momento cinematográfico capturado en el tiempo y un perturbador recuerdo de la más grande película de Horror que jamás se haya filmado.


Noviembre 2, 2014
 

 

The Exorcist, 1973
Estados Unidos
Distribuída por Warner Bros
Escrita y producida por William Peter Blatty
Dirigida por William Friedkin
Actuaciones de: Ellen Burstyn, Max von Sydow, Linda Blair, Jason Miller, Lee J. Cobb, Kitty Winn, Jack MacGowran, Father William O'Malley
Fotografía: Owen Roizman
Editada por Norman Gay, Jordan Leondopoulos, Evan A. Lottman, Bud S. Smith
Música: Jack Nitzche

2 nov. 2014